Recuerdo de marzo

Fotografía: Dayana Jiménez 2014

En medio de un café enamorado  recordé aquel viaje a ese pueblo ilusorio.

Apenas se asomaba la claridad de marzo, era viernes por la tarde de un caribe ansioso, cuando llegamos al centro de la ciudad más antigua de América del sur.

Zapatos cómodos y morrales grandes eran nuestros acompañantes, mientras caminábamos en las calles estrechas atiborradas de vendedores, verduras y pescados. Ancianos y mujeres sentados como buscando la esperanza tardía, mientras tratábamos de encontrar el camino que nos llevaría a nuestro destino. Después de unas cuántas vueltas e infinidad de conversaciones con los transeúntes, nos topamos al fin con la choza de los famosos colectivos. Había una banca larga y verde en la que se encontraba una mujer de unos cincuenta años mal contados, con la piel marcada por los días, vestía una falda larga y morada, como guardando su virtud y una camisa blanca, con su sonrisa a medias pero con los ojos más dulces y la paciencia más serena; junto a un hombre de sombrero grande y mirada de abuelo. Sonreímos, nos abrieron espacio para sentarnos mientras la hora de partida se asomaba.

Empezó el viaje en una van blanca modelo 86, sus cojines, que trataban de sobrevivir al tiempo, no fueron impedimento para que la mujer se durmiera agarrada a la ventana, la puerta deslizante permaneció abierta para que pudiera entrar el aire, caliente, pero al fin y al cabo era aire. Sin música, lo único que quedaba era hablar de política, y yo que trataba de huir de esa realidad de elecciones que se encontraba a la vuelta de la esquina. En medio de una carretera sin pavimento y angosta, y al cabo de treinta minutos, descubrimos que habíamos llegado.

El pueblo estaba lleno de casas de fantásticos colores, el clima no se parecía en nada a los sofocantes y eternos vientos que habíamos dejado atrás. Caminamos según las indicaciones, y nos encontramos con la loma. La loma parecía para mí una montaña, alta, imponente y difícil, subimos con la altura quitándome la respiración y las piernas pidiéndome a gritos un descanso, la determinación cantó victoria cuando nos descubrimos en medio de ese hostal del cual habíamos escuchado tanto. Un vaso con agua al clima fue indispensable para admirar la textura de ese cielo que me miraba, diciéndome que me estaba esperando, mientras en la mesa el español si apenas se escuchaba cuando era el inglés, el francés y el alemán lo que predominaba en las conversaciones. Ahora era yo la extranjera en mi propia nación. El sol se escondió, pero las luces de las estrellas permitieron que los recuerdos de mi niñez pudieran andar por todas partes sin tropezar.

En esos días me encontré con las flores más rojas, las mariposas más azules y los colibrís más bellos que jamás había podido ver, el olor del pasado en medio de hamacas, junto al agua fría de las cascadas conmemorando la vida, y los niños, como siempre sorprendiéndome con la sencillez de la felicidad, como aquellos que jugando con una carretilla como si fuese un automóvil último modelo no dejaban espacio para pensar que había estrechez en sus sueños. Monté motocicleta y hasta tomé de ese café que le gusta tanto y que hace parte de lo que somos.

En ese fin de semana reconocí que ese es el país que nos estamos perdiendo.

Con la melancolía de la partida pero con la eterna promesa de volver, la van modelo 86 nos estaba esperando junto al regreso.

A ese pueblo ilusorio le dicen Minca, por si quieren saber.

Fui a buscar inspiración, y como siempre, ella me encontró a mi.

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