A las amigas

 

Fotografía: Archivo personal. 1998

 

A las amigas, a las de toda la vida.

El fin de semana pasado me recordó porqué las amigas, digo, las buenas amigas, son tan necesarias para llevar una buena vida, una vida linda. Y es que son ellas las que nos salvan de las caídas, y las que se caen con uno, porque sienten nuestras penas como propias, y nuestras alegrías como suyas.

Ellas, las que el tiempo ha vuelto más fuertes y las que no se rinden a pesar de los momentos difíciles. Ellas, las que nos quieren incluso cuando no lo merecemos, aquellas que nos recuerdan que valemos la pena, la dicha, la alegría, y que así como somos, somos suficientes, y que no deberíamos cambiar por alguien más, sino por nosotras mismas, y si se nos da la gana de hacerlo.

Las que estuvieron ahí para nuestro primer beso, nuestro primer abrazo, y a las que nos permitieron pasar una que otra materia en el colegio, química, por ejemplo. Las que secaron nuestras primeras lagrimas de amor, y con las que aprendimos a disfrutar de una buena cerveza, o dos, y que al día siguiente nos cuidaban el guayabo y nos cocinaban para aliviar el alma, y el dolor de cabeza.

Ellas, son las mismas con las que he compartido una vida, llena de momentos que siguen alimentando nuestros recuerdos, desde nuestro primer sueldo, al hecho de sobrevivir con la quincena, y si una no tiene plata, pues no importa, que para eso nos tenemos, para ayudarnos, y seguir mamando gallo, que eso sí es gratis.

A las amigas que nos despiertan del mueble para llevarnos a la cama, las que nos celan y las que conocen nuestros miedos más profundos, son las mismas que nos animan a no rendirnos, a vivir esas aventuras que soñamos por las noches, a creer que es posible y a luchar por lo que queremos, las que nos toman de la mano cuando tenemos miedo y las que son capaces de hacernos pasar grandes vergüenzas en público. Ya nada nos sorprende.

El fin de semana pasado me recordó la suerte que tengo, al ver esas amigas que me permiten ser cómo soy, sin tapujos y con todas mis imperfecciones, escuchar sus ocurrencias, sonreír con tantas ganas, comer de madrugada, dormirnos al amanecer y vivir cómo merecemos vivir, esas serán las historias que quiero contarles a mis nietos.

A mis ángeles, gracias. Y que la vida nos siga llenando de momentos.

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